Cuando la verdad toca la infancia
Hay momentos en los que el silencio de un niño dice más que sus palabras. Ellos escuchan, observan y guardan dentro de sí una profundidad que a los adultos a veces se nos escapa. En medio del ruido del mundo, sus corazones siguen siendo tierra fértil, capaces de recibir lo que es verdadero y distinguirlo de lo que solo aparenta serlo. Por eso, preguntarse cómo compartir el evangelio con los niños no es una cuestión pedagógica, sino una cuestión del alma. La niñez es un territorio frágil y luminoso. Allí donde comienzan los miedos también despiertan las preguntas esenciales. Allí donde surgen los primeros tropiezos surge también el deseo secreto de comprender por qué existe ese vacío que a veces ni saben nombrar. En ese terreno, cualquier palabra que damos puede levantar vida o sembrar confusión. Por eso importa tanto el modo, el corazón y la verdad desde la que hablamos. El mundo ha entendido bien cómo influir en los niños: imágenes rápidas, mensajes seductores, promesas vacías...