Estudio del libro de Levítico
Durante mucho tiempo, Levítico ha sido un libro cerrado para muchos. No porque estuviera oculto, sino porque fue leído con los ojos equivocados. Donde algunos vieron normas, otros sintieron peso. Donde hubo sacrificios, muchos solo percibieron distancia. Sin embargo, Levítico nunca fue escrito para alejar al hombre de Dios, sino para mostrarle que no podía acercarse por sí mismo.
Cuando el texto se lee despacio, sin prisas ni filtros religiosos, algo empieza a emerger. Las palabras dejan de ser reglas y comienzan a ser señales. Las figuras dejan de ser rituales y se convierten en sombras. Y en medio de todo, aparece una presencia constante, silenciosa, firme: Cristo.
El Estudio del libro de Levítico nace precisamente de esa mirada. No para explicar lo antiguo, sino para revelar lo eterno.
No era sangre por sangre,
era vida por vida.
No era fuego en un altar,
era un corazón que no podía arder por sí solo.
El cordero no hablaba,
pero anunciaba.
El sacerdote no salvaba,
pero señalaba.
Entre humo y silencio
se dibujaba una sombra,
larga, perfecta, inevitable.
Manos que ofrecían
sin saber que esperaban.
Pasos que obedecían
sin comprender que caminaban hacia alguien.
Levítico susurra
lo que el ruido del mundo no deja oír:
que el hombre no asciende,
que Dios desciende.
Y en cada sacrificio incompleto,
en cada norma imposible,
en cada intento fallido,
una verdad se repetía sin palabras:
“No eres tú.
Nunca fuiste tú.
Siempre fue Él.”
Quizá por eso Levítico incomoda. Porque desmonta la ilusión de control. Porque deja sin argumentos a la carne. Porque no permite al hombre sentirse capaz, sino necesitado. Y en ese lugar —tan poco atractivo para el ego— es donde comienza la verdadera luz.
El Estudio del libro de Levítico no pretende embellecer el texto ni suavizarlo. Tampoco busca extraer lecciones prácticas para “mejorar”. Su propósito es otro: permitir que el lector vea lo que siempre estuvo ahí y que tantas veces pasó desapercibido. Que cada página apunte a Cristo. Que cada sombra encuentre su cuerpo. Que cada pregunta halle descanso.
Hay libros que se leen rápido y se olvidan. Y hay otros que, cuando se entienden, ya no te sueltan. Levítico pertenece a estos últimos. No porque sea fácil, sino porque es verdadero.
Si alguna vez este libro te pareció lejano, pesado o difícil, tal vez no era el momento. O tal vez faltaba la mirada adecuada. Hoy ese velo puede caer.
Porque cuando Levítico se abre,
no revela rituales.
Revela a Cristo.

